Las niñas

Ocurre todos los jueves, cuando el cielo se tiñe de arrebol y titilan las primeras luces del crepúsculo. El rumor del follaje, mecido por el viento, invita a adentrarse en la incipiente penumbra. El bosque murmura.

Son luceros, cientos de ellos. Pequeñas luciérnagas que pestañean al compás de un mismo titiritero. Tienen rostro, faz de luna, labios fríos que exhalan el vapor de las ánimas.

Las llaman las niñas, porque ésa es la imagen que adoptan. Cuentan que atraen a los expirantes. Y no recurren a ningún ardid para ello: su mera aparición guía los pasos de quienes coquetean con la muerte.

Hoy es jueves. Se apaga el cielo y entonces advierto algunas siluetas recortadas entre la espesura. Reconozco el fulgor hacinado en el corazón del bosque. Son sus ojos, o quizás sus amplias sonrisas acentuadas por el bruno escenario. Cada vez son más grandes, cada vez están más cerca. Mis pies las siguen animados por un extraño resorte.

Sus risas son cantos de sirena y un pobre servidor cava su propia Odisea. «Sólo será un momento», susurra la menor, y con ese bálsamo abandono cualquier ademán de resistencia. «Juguemos», dicen al unísono. «Cuenta hasta diez», me anima una de ellas. Y yo obedezco, por última vez: «Uno, dos, tres…».

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Escrito por

Periodista radiofónica entregada a las letras. Escribo, luego existo.

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